Hermana Teresa del Carmen Muñoz Muñoz

Hermana María Bernarda Ortega Zúñiga

Con 90 años vividos, la hermana Teresa del Carmen Muñoz Muñoz confiesa que ha sido feliz en lo que ha sido para ella, una vida rebosada de experiencias. Hija de agricultores provenientes del sector de Villarrica (ciudad ubicada al sur de la Región de la Araucanía), la hermana Teresa manifiesta en sus palabras, un corazón grande y dulce, lleno de profunda compasión hacia el prójimo.

Asimismo, una marcada devoción hacia Jesús que, de hecho, se manifestó desde muy temprana edad, cuando apenas contaba con 11 años. Devoción que debido a un adelantado llamado de Dios, escondió por temor a ser apartada del camino del Señor, pero que ocho años después y tras fervorosos estudios en el convento de las Hermanas de la Santa Cruz en la localidad de Cunco, se entregó a él.

La hermana Teresa comenta que nació y creció en una familia en donde los 11 hermanos que la componían, estudiaron en internados de colegios católicos, llevándola no sólo a ella a los caminos de Jesús.

De muy buena memoria, también recuerda fechas importantes. Como en 1955, cuando deja el nombre de Teresa por el de Mónica María. Así como en 1956, cuando toma el hábito que nunca más abandonaría. Igualmente rememora un sinnúmero de experiencias que la han llevado a conocer y a vivir lo más hermoso de la vida, pero también lo más terrenal de este mundo.

A través de los años, estuvo presente como docente de colegios e internados católicos en localidades que van desde la región de la Araucanía hasta Los Lagos, tales como Coñaripe, Cunco, San Pablo, San José de la Mariquina y Temuco; pero también como miembro del generalato de la Congregación en Suiza, representando a nuestro país y a Argentina.

La hermana Teresa confiesa que nunca tuvo hijos propios, pero que Dios le entregó muchos otros: sus alumnos. Pequeños que en mayor o menor medida, le marcaron para siempre la vida. Muchas veces con alegrías, pero también con esos dolores que inevitablemente entrega la vida a niños y niñas en su mayoría, vulnerables. Personas que a esta altura de la vida todavía la recuerdan y que al día de hoy, le agradecen por su trabajo, fuerza y amor.

Si bien admite que a sus 90 años se siente tranquila, también confiesa sobre algunos dolores físicos propios de la edad y de otros que la han perseguido desde hace muchas décadas ya. Todo esto en el marco de una existencia acentuada por el amor hacia los demás, hacía el prójimo…hacia Jesús. En un trabajo inquebrantable, silencioso casi invisible, pero que sin embargo, ha sabido tocar a muchas almas a través de toda una vida de servicio.

La familia es la base del camino que uno tomará en la vida”. Con esta frase la Hermana María Bernarda Ortega Zúñiga, prácticamente resume lo que ha sido una vida de religiosidad y de voluntariado destinado a quienes más lo necesitan y en la cual resalta la importancia de la familia en nuestra sociedad.

Nacida en la ciudad de Concepción, la hermana María Bernarda comenta que proviene de una familia que siempre estuvo cercana a Dios, aunque de un total de cuatro hermanos, ella fue la única que tomó la vía religiosa.

Siguiendo el destino que Dios le tenía preparado, la hermana sintió el llamado a la vida religiosa estando en Cunco, cuando su padre -empleado fiscal- la destinó a estudiar a ella y a sus hermanas, en el colegio que la Congregación mantenía en la localidad.

La hermana María Bernarda destaca en sus recuerdos, la hermosa formación integral que allí se entregaba y que en base a diversas experiencias vividas, se dio cuenta que el camino que ya había escogido era el correcto y del que no se despegaría jamás en su vida. Una vida dedicada especialmente, a apoyar a niños y jóvenes, a través de la Educación y las enseñanzas de Cristo. “Verlos crecer y surgir en la vida, ha sido algo realmente impagable para mí”, señala con emoción y profunda convicción.

Recorrido

Los años de vocación religiosa la han llevado a dejar huella en diversas localidades del sur, comenzando su trabajo en Río Bueno y en Lonquimay, lugar donde se desempeñó como directora por 15 años; en San Juan de la Costa, Villarrica, Vilcún y Panguipulli; para luego y desde 2020, trabajar desde la Casa Provincial en Temuco. Lugar que sin planificarlo, la ha cobijado durante estos últimos años. “El Señor escoge nuestros caminos y siempre debemos aceptarlos”, comenta.

Asimismo, la hermana María Bernarda dice sentirse agradecida de Dios, por haberla hecho experimentar a través de los años, la bendición de poder ayudar a los hermanos más necesitados, tanto en la parte espiritual como terrenal; “por lo que nunca me arrepentiré de la decisión que he tomado para con Dios”, culmina.

Hermana Ana Luisa Volpi Meroz

De espíritu inquieto e incansable. Así se podría describir la vida y obra de la hermana Ana Luisa Volpi Meroz, (Gloria nombre de bautismo). Tal vez sean los genes franceses, italianos y suizos que heredó de sus padres y abuelos, los que la hicieron ser así.

Una persona que desde su niñez, amó a su prójimo y a la naturaleza. Esa naturaleza que la acompañó desde pequeña en Temuco y que junto a uno de sus hermanos, la hacía correr por el campo y a jugar hasta que finalizaba el día, con terneros, caballos, gatos y perros.

Nacida en La Araucanía, la hermana Ana Luisa formó parte junto a sus cinco hermanos, de una segunda generación de colonos europeos nacidos en Chile. Confiesa -con una sonrisa- haber sido una hija muy regalona, “aunque no mal enseñada”. De “padres inmensamente buenos” con ella y sus hermanos.

Con el paso del tiempo y por razones evidentes, esa vida en el campo culminó cuando debió comenzar su enseñanza formal. Una que dio inicio en el Colegio Santa Cruz de Temuco, para luego continuar en el de San José de la Mariquina y finalmente en el de Loncoche.

Tras dos años del término de ésta, en 1957, dio comienzo a una formación religiosa que la llevó a Suiza, después a Inglaterra y luego de vuelta a nuestro país, específicamente al instituto Santa Cruz de Talca.

Lugar en donde su espíritu y cuerpo infatigables la llevaron a hacer clases, pero igualmente a trabajar en sus días “libres”, en barrios y poblaciones, así como en pequeñísimas localidades rurales, como lo fue el sector de Vilches, donde comprometió un largo y extensivo trabajo con decenas de mujeres rurales, preparándolas para la vida en materias tales como cocina, tejido y bordado, por nombrar algunas.

Trabajo sin intermitencias

Estando a cargo del instituto en Talca, la hermana Ana Luisa se dio cuenta de que se necesitaba un profundo cambio en la educación, un cambio que les permitiera avanzar como congregación. Un cambio que fundiera a los colegios en una educación de tipo mixta y que estuviese abierta a todas las clases sociales. Sentimiento que junto a un trabajo en equipo, felizmente dio frutos en la década del ’70, con la instauración de este nuevo tipo de educación para la congregación.

Pero el trabajo que por tanto tiempo no supo de pausas y del que sentía que jamás se cansaría, finalmente le cobró ciertas dolencias físicas que no pudo seguir ignorando. Por lo mismo es que debió de bajar una carga que desde joven nunca había sido interrumpida.

Aun así siguió trabajando, pero a un ritmo un poco más pausado, haciéndose cargo de la escuelita de Vilches, esa pequeña localidad que tanto adoraba. Allí fundó un comedor para aquellos niños que no podían viajar a sus hogares a almorzar y creó una clínica dental, entre muchas otras cosas que su espíritu inquieto, no le permitía dejar pasar ante las necesidades que veía.

Una vez jubilada, se dedicó con intensidad al adulto mayor de Vilches, convirtiéndose en un verdadero nexo entre autoridades y comunidad, alcanzando para sus adultos mayores, grandes logros en diversos ámbitos, hasta luego retirarse de forma definitiva del trabajo en terreno.

Retiro

Al día de hoy, la hermana Ana Luisa dice sentirse agradecida de la vida. Una vida que le ha dado muchas satisfacciones, así como un gran número de oportunidades en las que pudo apoyar y ayudar a gente que muchas veces “era pobre en lo material, pero generosamente rica en lo humano y espiritual”.

Por lo mismo hoy en día sus ex alumnas (la mayoría de ellas con más de siete décadas cumplidas) todavía la buscan y se contactan con ella…es más, ya hay un feliz encuentro agendado con ellas para este 2024 en la ciudad de Talca.

Pese a que la hermana Ana Luisa hoy vive retirada del trabajo, mantiene una inquebrantable fe en la vocación religiosa, donde señala que “Dios ha sido muy generoso conmigo”.

Al final de todo, la hermana Ana Luisa confiesa que “si tuviese la oportunidad de volver al inicio de mi vida, haría exactamente lo mismo que hice”. A la vez, confiesa que ha tenido una vida verdaderamente feliz…tan feliz como cuando de niña y junto a uno de sus hermanos, corría por los campos en las cercanías de Temuco, jugando con caballos, terneros, gatos y perros, hasta que el día se iba.

De espíritu inquieto e incansable. Así se podría describir la vida y obra de la hermana Ana Luisa Volpi Meroz, (Gloria nombre de bautismo). Tal vez sean los genes franceses, italianos y suizos que heredó de sus padres y abuelos, los que la hicieron ser así.

Una persona que desde su niñez, amó a su prójimo y a la naturaleza. Esa naturaleza que la acompañó desde pequeña en Temuco y que junto a uno de sus hermanos, la hacía correr por el campo y a jugar hasta que finalizaba el día, con terneros, caballos, gatos y perros.

Nacida en La Araucanía, la hermana Ana Luisa formó parte junto a sus cinco hermanos, de una segunda generación de colonos europeos nacidos en Chile. Confiesa -con una sonrisa- haber sido una hija muy regalona, “aunque no mal enseñada”. De “padres inmensamente buenos” con ella y sus hermanos.

Con el paso del tiempo y por razones evidentes, esa vida en el campo culminó cuando debió comenzar su enseñanza formal. Una que dio inicio en el Colegio Santa Cruz de Temuco, para luego continuar en el de San José de la Mariquina y finalmente en el de Loncoche.

Tras dos años del término de ésta, en 1957, dio comienzo a una formación religiosa que la llevó a Suiza, después a Inglaterra y luego de vuelta a nuestro país, específicamente al instituto Santa Cruz de Talca.

Lugar en donde su espíritu y cuerpo infatigables la llevaron a hacer clases, pero igualmente a trabajar en sus días “libres”, en barrios y poblaciones, así como en pequeñísimas localidades rurales, como lo fue el sector de Vilches, donde comprometió un largo y extensivo trabajo con decenas de mujeres rurales, preparándolas para la vida en materias tales como cocina, tejido y bordado, por nombrar algunas.

Trabajo sin intermitencias

Estando a cargo del instituto en Talca, la hermana Ana Luisa se dio cuenta de que se necesitaba un profundo cambio en la educación, un cambio que les permitiera avanzar como congregación. Un cambio que fundiera a los colegios en una educación de tipo mixta y que estuviese abierta a todas las clases sociales. Sentimiento que junto a un trabajo en equipo, felizmente dio frutos en la década del ’70, con la instauración de este nuevo tipo de educación para la congregación.

Pero el trabajo que por tanto tiempo no supo de pausas y del que sentía que jamás se cansaría, finalmente le cobró ciertas dolencias físicas que no pudo seguir ignorando. Por lo mismo es que debió de bajar una carga que desde joven nunca había sido interrumpida.

Aun así siguió trabajando, pero a un ritmo un poco más pausado, haciéndose cargo de la escuelita de Vilches, esa pequeña localidad que tanto adoraba. Allí fundó un comedor para aquellos niños que no podían viajar a sus hogares a almorzar y creó una clínica dental, entre muchas otras cosas que su espíritu inquieto, no le permitía dejar pasar ante las necesidades que veía.

Una vez jubilada, se dedicó con intensidad al adulto mayor de Vilches, convirtiéndose en un verdadero nexo entre autoridades y comunidad, alcanzando para sus adultos mayores, grandes logros en diversos ámbitos, hasta luego retirarse de forma definitiva del trabajo en terreno.

Retiro

Al día de hoy, la hermana Ana Luisa dice sentirse agradecida de la vida. Una vida que le ha dado muchas satisfacciones, así como un gran número de oportunidades en las que pudo apoyar y ayudar a gente que muchas veces “era pobre en lo material, pero generosamente rica en lo humano y espiritual”.

Por lo mismo hoy en día sus ex alumnas (la mayoría de ellas con más de siete décadas cumplidas) todavía la buscan y se contactan con ella…es más, ya hay un feliz encuentro agendado con ellas para este 2024 en la ciudad de Talca.

Pese a que la hermana Ana Luisa hoy vive retirada del trabajo, mantiene una inquebrantable fe en la vocación religiosa, donde señala que “Dios ha sido muy generoso conmigo”.

Al final de todo, la hermana Ana Luisa confiesa que “si tuviese la oportunidad de volver al inicio de mi vida, haría exactamente lo mismo que hice”. A la vez, confiesa que ha tenido una vida verdaderamente feliz…tan feliz como cuando de niña y junto a uno de sus hermanos, corría por los campos en las cercanías de Temuco, jugando con caballos, terneros, gatos y perros, hasta que el día se iba.

Hermana María Teresa Luenberger

Desde muy pequeña la hermana María Teresa expresó una profunda y ferviente fe religiosa. Fe que la canalizó siempre en una vocación de orden misionera.
Particularmente recuerda cuando de pequeña concurrió hasta la villa de 300 habitantes en la que vivía, un misionero llegado desde la lejana y desconocida Africa. Oportunidad en la que para mostrar su trabajo y la necesidad de reclutar fieles que fueran a evangelizar al continente, exhibió una serie de filminas en las que mostraba su trabajo.
Tanto le impresionó lo visto a la Hermana María Teresa, que desde ese momento supo que su destino de vida sería viajar a Africa a misionar…
Familia y destino
Nacida en Suiza, en un pequeño pueblito que se encontraba a un kilómetro de la frontera y en el que se hablaban cuatro dialectos, pero mayoritariamente el idioma alemán, la Hermana María Teresa comenta ser la mayor de un total de nueve hermanos. Su padre, proveniente de la Iglesia Reformada y su madre, de fe Católica, la convirtieron a ella en una persona creyente desde muy pequeña.
Es así que recuerda vívidamente cuando su madre en las frías noches -y antes de ir a dormir- les contaba a ella y sus ocho hermanos, cuentos de “niños y niñas santos”, como dice ella. Historias que no hacían sino entusiasmarla todavía más en lo que ya había decidido como destino de vida. A tanto llegaba su deseo de entregarse a la vida de misionera, que en su pensamientos de niña inocente, soñaba en convertirse en “una santita”…mientras tanto, jamás se olvidaba de continuar depositando monedas para lo que eran las misiones que la iglesia realizaba en la lejana y soñada África; esto, en una alcancía que cuidaba con mucho esmero.
A los 13 años ya la Hermana María Teresa había comenzado su camino religioso junto a la congregación de Las Ursulinas. Enseñanza que continuó en Menzingen a partir de los 16 años. Congregación que mantenía misiones en África -su sueño de siempre- pero que también lo hacía en otros remotos lugares del mundo, como lo era Chile.
“Grande fue el golpe a lo que siempre había soñado, cuando supe que mi destino misionero no iba ser África, sino Chile. En ese momento creí que todo mi mundo se derrumbaba, pero a la vez pensé que debía aceptar lo que Dios me había encomendado, tal vez eso era lo que él necesitaba de mí”, comenta,
Una vez llegada a nuestro país, su primer destino fue la ciudad de Victoria, donde estuvo ocho años en los que aprendió español y enseñó francés y estuvo a cargo de materias tales como Dibujo y Gimnasia. Luego se le encomendó trabajar en Río Bueno y tras ello, Santiago, donde sus conocimientos en el piano le permitieron enseñar el ramo de Música a sus alumnas.
La vocación la llevó luego a Talca, y posteriormente a la ciudad de Traiguén, donde enseñó por largos 19 años y donde -confiesa- haber vivido los momentos más felices de su vida religiosa, junto a niñas provenientes de alejados sectores rurales. “Allí por fin me sentí como en casa”, manifiesta con rostro sonriente.
Tras casi dos décadas de trabajo, se le encomendó el cargo de directora del Instituto de Catequesis en Temuco. Cargo en los cuales estuvo 22 años recorriendo toda la región, para luego al ir finalizando su carrera misionera en las localidades de Toltén y Teodoro Schimdt, entre otros destinos.
Lugares en donde llevó incontables labores religiosas de ayuda a la comunidad y que la hicieron inmensamente feliz y que al día de hoy y retirada de la labor misional, son retribuidas por las innumerables muestras de cariños y amor que le profesan sus ex alumnas, que actualmente, ya son abuelas y en algunos casos, bisabuelas.
Lejana África y lejano Chile
Si bien la Hermana María Teresa no pudo cumplir con ese sueño de niña de ir a misionar al lejano y desconocido continente africano, es sincera al decir que aquí en Chile, finalmente encontró su lugar.
Un lugar del que no está para nada arrepentida de haber ejercido su vocación misionera.“No mentiré. En un principio fue duro no cumplir ese sueño. Pero también es cierto que en Chile he sido feliz y además, éste fue el destino que El Señor quiso y dispuso para mí”.

De espíritu inquieto e incansable. Así se podría describir la vida y obra de la hermana Ana Luisa Volpi Meroz, (Gloria nombre de bautismo). Tal vez sean los genes franceses, italianos y suizos que heredó de sus padres y abuelos, los que la hicieron ser así.

Una persona que desde su niñez, amó a su prójimo y a la naturaleza. Esa naturaleza que la acompañó desde pequeña en Temuco y que junto a uno de sus hermanos, la hacía correr por el campo y a jugar hasta que finalizaba el día, con terneros, caballos, gatos y perros.

Nacida en La Araucanía, la hermana Ana Luisa formó parte junto a sus cinco hermanos, de una segunda generación de colonos europeos nacidos en Chile. Confiesa -con una sonrisa- haber sido una hija muy regalona, “aunque no mal enseñada”. De “padres inmensamente buenos” con ella y sus hermanos.

Con el paso del tiempo y por razones evidentes, esa vida en el campo culminó cuando debió comenzar su enseñanza formal. Una que dio inicio en el Colegio Santa Cruz de Temuco, para luego continuar en el de San José de la Mariquina y finalmente en el de Loncoche.

Tras dos años del término de ésta, en 1957, dio comienzo a una formación religiosa que la llevó a Suiza, después a Inglaterra y luego de vuelta a nuestro país, específicamente al instituto Santa Cruz de Talca.

Lugar en donde su espíritu y cuerpo infatigables la llevaron a hacer clases, pero igualmente a trabajar en sus días “libres”, en barrios y poblaciones, así como en pequeñísimas localidades rurales, como lo fue el sector de Vilches, donde comprometió un largo y extensivo trabajo con decenas de mujeres rurales, preparándolas para la vida en materias tales como cocina, tejido y bordado, por nombrar algunas.

Trabajo sin intermitencias

Estando a cargo del instituto en Talca, la hermana Ana Luisa se dio cuenta de que se necesitaba un profundo cambio en la educación, un cambio que les permitiera avanzar como congregación. Un cambio que fundiera a los colegios en una educación de tipo mixta y que estuviese abierta a todas las clases sociales. Sentimiento que junto a un trabajo en equipo, felizmente dio frutos en la década del ’70, con la instauración de este nuevo tipo de educación para la congregación.

Pero el trabajo que por tanto tiempo no supo de pausas y del que sentía que jamás se cansaría, finalmente le cobró ciertas dolencias físicas que no pudo seguir ignorando. Por lo mismo es que debió de bajar una carga que desde joven nunca había sido interrumpida.

Aun así siguió trabajando, pero a un ritmo un poco más pausado, haciéndose cargo de la escuelita de Vilches, esa pequeña localidad que tanto adoraba. Allí fundó un comedor para aquellos niños que no podían viajar a sus hogares a almorzar y creó una clínica dental, entre muchas otras cosas que su espíritu inquieto, no le permitía dejar pasar ante las necesidades que veía.

Una vez jubilada, se dedicó con intensidad al adulto mayor de Vilches, convirtiéndose en un verdadero nexo entre autoridades y comunidad, alcanzando para sus adultos mayores, grandes logros en diversos ámbitos, hasta luego retirarse de forma definitiva del trabajo en terreno.

Retiro

Al día de hoy, la hermana Ana Luisa dice sentirse agradecida de la vida. Una vida que le ha dado muchas satisfacciones, así como un gran número de oportunidades en las que pudo apoyar y ayudar a gente que muchas veces “era pobre en lo material, pero generosamente rica en lo humano y espiritual”.

Por lo mismo hoy en día sus ex alumnas (la mayoría de ellas con más de siete décadas cumplidas) todavía la buscan y se contactan con ella…es más, ya hay un feliz encuentro agendado con ellas para este 2024 en la ciudad de Talca.

Pese a que la hermana Ana Luisa hoy vive retirada del trabajo, mantiene una inquebrantable fe en la vocación religiosa, donde señala que “Dios ha sido muy generoso conmigo”.

Al final de todo, la hermana Ana Luisa confiesa que “si tuviese la oportunidad de volver al inicio de mi vida, haría exactamente lo mismo que hice”. A la vez, confiesa que ha tenido una vida verdaderamente feliz…tan feliz como cuando de niña y junto a uno de sus hermanos, corría por los campos en las cercanías de Temuco, jugando con caballos, terneros, gatos y perros, hasta que el día se iba.

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